Liberalismo y juventud: Relación y posibilidad

Quienes únicamente se solazan con la otrora estrecha relación entre el liberalismo y la juventud ignoran que hoy ésta no es aquella que se desarrolló en los tiempos de la revolución americana…

Mención honrosa en “4to Concurso Jóvenes” de Caminos de la Libertad:

La juventud se muestra como una etapa de profundos cambios en el ser humano, período éste en que el individuo empieza a descubrir conocimientos ignorados cuando infante. Decía Platón que la primera virtud del filósofo es admirarse (thaumatzein, en griego)[1].  Ese admirarse de lo desconocido, abstraerse de lo cotidiano y penetrar en el campo de lo metafísico, se desarrolla esencialmente en la mocedad. Como resultado de este nuevo conocimiento, el individuo empieza a generar, quizás por vez primera, una opinión sobre lo político, sobre lo ideológico. Por consiguiente,  no debería causar extrañeza saber que gran parte de los filósofos iniciaron su carrera intelectual inspirados en lecturas que hicieron en su adolescencia, como tampoco que la mayoría de movimientos políticos encuentren en la juventud su mayor bastión.

La relación del liberalismo y la juventud, sin embargo, no ha tenido en la simpatía su mayor característica, sobre todo en los últimos años. En la mayoría de universidades, institutos, grupos juveniles, en cambio, la hegemonía del credo socialista es notoria. Indagar sobre las razones de tal antipatía merece, pues, un análisis, y es lo que, con mucha modestia, nos proponemos hacer.

Cuando Maurois decía que “Un joven de menos de 25 años que no sea socialista no tiene corazón, y uno mayor de 25 que sigue siéndolo no tiene cerebro”, se nos revelaba el factor de quizás mayor importancia para el análisis: la emocionalidad. Por lo general, el joven tiende a ser profundamente emocional, y la más de las veces esa emocionalidad es traducida a su pensamiento político. No obstante, aceptar la hipótesis de que el paso del socialismo al liberalismo es significado de madurez produciría generalizaciones desafortunadas. En cambio, existen razones para suponer que la afición de los jóvenes por el ideario socialista se debe, en mayor forma, a la estrategia política y comunicativa que han desarrollado las personas que defienden esas ideas.

I. Del costo de ser liberal

Ser joven y a la vez ser liberal no es sencillo. Tener que tolerar los vejámenes de quienes están  seguros de que el “paraíso” comunista llegará  algún día se vuelve cotidiano. Es por eso que el joven liberal se enfrenta, especialmente, a la ignorancia y a la mentira, vicios, desgraciadamente, muy  arraigados en nuestra sociedad; mira el mundo de una forma rara, como si no entendiera por qué las sociedades tienden a cometer absurdos, por qué los jóvenes todavía cobijan ideas que sólo han generado pobreza y muerte[2]. Defender la Libertad desde la juventud tiene, por lo tanto, un costo, uno muy alto. Razón tenía Mariano José de Larra cuando decía: “No se cogen truchas a bragas enjutas, y algo le ha de costar a uno ser liberal”. [3]

Los humanos tendemos a buscar certezas, y más en la juventud. Los jóvenes buscan su verdad, la certeza de que sus paradigmas son correctos. No importa cuán irracional y macabra pueda ser esa “verdad”. Y es que como dice Unamuno: “la razón es social; la verdad (…) es completamente individual. La razón nos une y las verdades nos separan”.[4] Así, cuando el joven más convencido esté de la pureza de sus motivos y de la verdad de sus evangelios, tanto más se indignará al ver que sus enseñanzas son rechazadas. Es seguro que un idealista impaciente aumentará más su odio al ver la oposición y fracasos que sufre su anhelo por acceder  a la “felicidad” del mundo.[5] Quizás por ello muchos jóvenes terminan integrando movimientos extremistas,  puesto que no cabe en ellos la incertidumbre, el escepticismo; seguros están de sus ideales y de los medios para alcanzarlos.

Si bien es cierto que la verdad o, mejor dicho, “las verdades” son individuales y que, por consiguiente, son innumerables, también es cierto que en los estados totalitarios el tratar de imponer una sola verdad ha sido siempre un anhelo.  Aquí radica la diferencia entre los estados totalitarios y la democracia liberal. En ésta, el escepticismo es la base, es la estructura. Todos tienen el derecho a pensar y creer en lo que su libre arbitrio determine, siempre y cuando no le hagan daño a nadie. En cambio, en un gobierno como la dictadura castrista la base es una “verdad”, una certeza; la estructura misma del gobierno obedece a los fines de la “revolución”, y todo aquél que pretenda cuestionar esos  sacramentos debe ser eliminado, de cualquier forma, ya que su existencia sólo es un obstáculo para los fines que esa “verdad” establece. Así pues, el liberal será siempre el obstáculo de cualquier intento de violación a las libertades, es decir, óbice será de cualquier sistema totalitario. Sin embargo, como la realidad demuestra, en cuanto el liberal se pronuncia contra ciertas medidas demagógicas, que de forma no expresa representan violación a las libertades, inmediatamente lo acusan de “enemigo del pueblo”, mientras se vierten elogios y alabanzas sobre demagogos que abogan por medidas que a todos gustan sin comprender sus inevitables perjuicios.[6]

En síntesis, la complejidad de ser joven y liberal es obvia: representa tener que enfrentarse contra la tiranía de lo absurdo, contra los mitos de una sociedad, al parecer, inmunizada contra las enseñanzas.

II. Mitos y buenas intenciones

En torno al liberalismo existen muchos mitos, innumerables.[7] A juzgar por los ataques de sus opositores, los liberales son poco menos que una pandilla de desalmados que profesan una perversa ideología consagrada a la explotación de los hombres. Por eso decíamos que una de las cosas que tiene que enfrentar el joven liberal (y todo liberal) es la mentira.

El lenguaje tiene una influencia importantísima en la sociedad, y en la medida en que utilicemos un lenguaje basado en teorías erróneas, estaremos perpetuando el error.  Por ello, Hayek dedicó especial atención a la perversión del lenguaje[8], y, verbigracia, denunció la existencia de lo que él llamaba “palabras-comadreja”. Inspirado en un  mito nórdico que le atribuye a la comadreja succionar el contenido de un huevo sin quebrar su cáscara, Hayek sostuvo que existían palabras capaces de succionar a otras por completo su significado.“Neoliberal” o “justicia social” son claro ejemplo de tal perversión.

No sólo Hayek se ha detenido a estudiar la influencia del lenguaje en la sociedad. Ya Spinoza, en el apéndice a la Parte Primera de su Ethica more geométrico demonstrata, explicaba con claridad meridiana que todas las mistificaciones, todos los autoengaños en los cuales se hallan presos los hombres provienen de uno solo: la presuposición de la finalidad. Tal engaño es comodísimo, se halla inserto en nuestro mismo lenguaje; el lenguaje ayuda a presuponerlo. Spinoza da un ejemplo sencillo pero inatacable. El ejemplo es el de que “se dice que los pájaros tienen alas para volar; los hombres ojos para ver…”; pero, si se medita, en realidad lo único que se puede decir es que los pájaros vuelan porque tienen alas, no que los pájaros tengan alas para volarEsto quizás parezca no tener la menor relevancia. Sin embargo, lo que Spinoza nos está diciendo es que, por ejemplo, suponer que la Historia tiene una finalidad, que la actividad humana está orientada en función de un progreso, lo que Hegel llamaba das Prinzip der Entwicklung —el principio de desarrollo—, es una retórica inconsciente; lo cual, de facto, lo único que hace es proyectar el deseo individual bajo un disfraz de realidad.  Es aquí, pues, donde radica la esencia del historicismo, del creer que la sociedad está “históricamente” determinada hacia un fin.[9]

Pero no sólo el “inevitable” advenimiento del socialismo es un mito; existen muchos otros, innumerables, como decíamos. Mencionaremos algunos, los más conocidos.

Quizás el mito más arraigado en nuestra sociedad es lo que Mises llamabaEl dogma de Montaigne, esto es, la creencia de que toda ganancia supone, invariablemente, daño para tercero; que nadie prospera si no es a costa ajena. Este mito, a la luz del análisis, resulta ser completamente falso. En el ámbito de una sociedad libre de interferencias, en modo alguno las ganancias del empresario provocan el quebranto de otro. Se generan, en cambio, por haber aliviado alguna molestia o necesidad a un tercero. Lo que perjudica al enfermo es su molestia, no el médico que se la cura.[10]

La ley de hierro de los salarios se nos muestra también como uno de esos mitos que circulan como proverbio de boca en boca. Esta teoría nos dice que el salario del trabajador, bajo el capitalismo, no podría exceder el monto que necesitaba como sustento de su vida para servir a la empresa. Es más, en 1864, Marx, hablando frente a la Asociación Internacional de Trabajadores, dijo que la creencia de que los sindicatos pudieran mejorar las condiciones de la población trabajadora era absolutamente un error.  No conforme con lo dicho, Marx calificó tal política como “conservadora” —obviamente, en un sentido despectivo—. Ahora bien, si estudiamos la historia del mundo, nos daremos cuenta de que no ha existido país capitalista, occidental, en donde las condiciones de las masas no hayan mejorado en una forma sin precedentes.[11]

Y así como los mitos antes mencionados, hay muchos otros que circulan como si fueran la esencia misma de la filosofía. Buena parte del paradigma marxista  no  es sino un tejido de falacias; pero es aquí donde nace otro error: el creer que el socialismo, aun basado en premisas erróneas, será mejor, más deseable, más “justo” que el capitalismo.  Así, este paradigma nos dice que la opinión de Marx sobre el desarrollo histórico puede ser más o menos equivocada, y, a pesar de eso, el sistema económico y político que intentó crear puede ser exactamente tan deseable como sus adherentes lo suponen.[12] Así nacen, pues, las “buenas intenciones”.[13]

Por consiguiente, el joven socialista deja de ser un riguroso “científico social” y pasa a ser un idealista comprometido con las causas “justas”. El problema es que estos “idealistas” son peligrosos, pues el tratar de que los propios criterios morales prevalezcan sobre el parecer de los demás presupone, en la mayoría de casos, recurrir a la fuerza.[14]

Y es que muchas de las personas que viven entregadas a la política desconocen las teorías económicas, o, como también sucede, están alimentados de teorías erróneas, como los impuestos progresivos, la intervención monetaria, etc.  De modo que de la misma forma que un orate desconoce la ley de la gravedad y cree que lanzándose de un precipicio puede aprender a volar, y luego al caer se mata, así también la sociedad, guiada por la demagogia populista, puede lanzarse al vacío por ignorar los principios económicos más elementales.[15]En efecto, no queda duda de que el camino hacia el infierno está pavimentado de buenas intenciones.

El desconocimiento, como también la mentira, han sido instrumentos bastante usados por los tiranos en la historia. Una juventud ignorante de lo mínimo sobre lo que se erige la democracia liberal (esto es, el derecho a la vida, la libertad y a la propiedad) está condenada a repetir carnicerías pretéritas. Y quién mejor para demostrar que la ignorancia y la mentira pueden ser fuentes de opresión y violencia, que uno de los mayores carniceros que la historia de la humanidad ha conocido, Adolf Hitler. “Formaremos una juventud ante la cual el mundo temblará. Una juventud violenta, imperiosa, intrépida, cruel. (…) No quiero (para ella)ninguna instrucción intelectual. El saber no haría más que corromper a mis juventudes”, decía, soberbio, sobre sus planes de dominación.[16]

Se demuestra, entonces, por todo lo antes expuesto, lo dicho por Jean-François Revel: “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”.[17]

III. Intelectuales y cultura

No hay duda de que los intelectuales influyen en la juventud. No hay quizás intelectual en la historia que no haya sido inspirado en su juventud por otro intelectual. Es más, hay quienes dicen que la historia de la filosofía no es más que  un extenso pie de página a la obra de Platón. Pero la influencia de los intelectuales no se reduce a un simple legado de ideas, sino que, a través de la historia, también han fomentado acciones políticas, unas buenas, y otras, malas y sanguinarias. Razón tenía Popper cuando dijo: “Nosotros, los intelectuales, desde hace milenios hemos ocasionado los más horribles daños. La matanza en nombre de una idea, de un precepto, de una teoría: ésta es nuestra obra, nuestrodescubrimiento, el descubrimiento de los intelectuales. Si dejáramos de incitar a las personas unas contra otras -a menudo con las mejores intenciones-, sólo con eso se ganaría mucho.[18] Y es que en todas las sociedades, cuando no en la mayoría, la opinión pública es determinada por las clases intelectuales, los formadores de opinión, dado que la mayoría de las personas no generan ni difunden ideas y conceptos.[19]

Ahora bien; los intelectuales, sobre todo los dedicados a la literatura o a la filosofía, también influyen en la cultura. Como no debe sorprendernos, muchos de ellos tienen un marcado sesgo anticapitalista [20], lo que los mueve, como parece obvio, a defender el ideario colectivista. Los motivos de ese anticapitalismo son muchos.  Bertrand de Jouvenel, por ejemplo, señalaba que una de las causas de ese anticapitalismo es causado por la  ignorancia, por el desconocimiento teórico del proceso de mercado, y lo decía de una forma  majestuosa: “Desde el punto de vista subjetivo, es racional combatir contra los molinos de viento, si se está plenamente convencido de que son gigantes malvados que tienen prisioneras a encantadoras princesas”.[21]

Asimismo, hay jóvenes, obviamente influenciados por algunos intelectuales, que consideran que capitalismo y cultura es una paradoja.  Así, por ejemplo, Honor Arundel decía que “El artista (bajo el capitalismo) se percató de que él también era un simple productor y vendedor de mercancías en una sociedad en la que no tenía mucha aplicación”.[22] Sin embargo, lo que no se toma en cuenta es que en el capitalismo las oportunidades de desarrollo de nuevas ideas florecen, además de por la libre iniciativa cultural, porque hay un mayor sustento para que los artistas puedan dedicarse íntegramente a su trabajo artístico. Como se demuestra al saber que  Paul Gauguin hizo sus ahorros como agente bursátil o que Charles Ives era un ejecutivo de seguros.

Queda claro, entonces, que entre el capitalismo y la cultura no existe antagonismo alguno, que pueden, debido a la libertad, coexistir sin ningún problema. Además, ese interés propio, ese individualismo característico de las sociedades capitalistas termina generando más y mejores obras artísticas. Y esto no es un invento, sino recordemos lo que dijo Charles Chaplin cuando recogía el Oscar en 1972: “Entré en esta industria por dinero y el arte nació a partir de ahí. Si hay gente que se siente desilusionada por este comentario, no puedo hacer nada. Ésta es la verdad”.[23]

IV. El liberalismo y la juventud como posibilidad

Al inicio planteamos la hipótesis de que el poco apoyo de los jóvenes al liberalismo no se debía a causas naturales —de madurez—, sino a la artificialidad de la propaganda política. En el desarrollo del presente ensayo hemos analizado algunos puntos importantes relacionados al liberalismo y la juventud. Asimismo, hemos comprobado cómo gran parte de los mitos y los lugares comunes que mueven políticamente a los jóvenes son falacias retóricas y demagogia barata.  De modo que urge preguntarnos: ¿Por qué, si todo lo antes expuesto es cierto,  el liberalismo no tiene tanto apoyo en la juventud? Y aquí, creemos, se confirma la hipótesis que señala a la estrategia política y comunicativa como factor fundamental en el poco apego de los jóvenes a las ideas de la libertad.

Desde hace algunos años, los liberales hemos perdido la noción de lo que es verdaderamente la política. Hemos confiado ciegamente en la verdad intelectual como único argumento, ignorando que la política es sobre todo emocionalidad, pasión. Hoy los liberales, al parecer, tenemos ínfimas posibilidades en la participación política. El utilitarismo tecnocrático, criticado con mucha razón por Rothbard[24], ha terminado creando tan solo una doctrina de cifras en verde y de líneas ascendentes, pero que no motivan en lo más mínimo a muchos jóvenes.

En este sentido, una nueva (y mejor) relación entre el liberalismo y la juventud  sólo podría ser posible si se entiende que la emocionalidad es un factor fundamental. Una propuesta que no divague en lo tecnocrático pero que tampoco se pierda en lo utópico, un mensaje que motive en la juventud no vacilar en oprimir un botón, si es que existiera, para la abolición instantánea de todas la invasiones a la libertad, marcaría el inicio para descubrir nuevos escenarios, para crear nuevos episodios, ojala victoriosos, de una juventud luchando bajo el estandarte de la libertad.

Quienes únicamente se solazan con la otrora estrecha relación entre el liberalismo y la juventud ignoran que hoy ésta no es aquella  que se desarrolló en los tiempos  de la revolución americana. No obstante, quienes caen en el pesimismo, en el desencanto  de creer que la juventud estará condenada por siempre a la hegemonía socialista ignoran que una juventud liberal es, felizmente, aún una posibilidad.

Fuente: Artículo publicado originalmente en: http://desilusionespaganas.wordpress.com              republicado con autorización de su autor

Link: http://desilusionespaganas.wordpress.com/2013/04/21/liberalismo-y-juventud-relacion-y-posibilidad/

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