Una ejemplar lección

La hermosura de Cuba contrasta con la decadencia de sus edificaciones, la luminosidad de su cielo se destaca más aun sobre la gris existencia de sus habitantes, las atenciones y gentilezas que como extranjero se reciben no existen cotidianamente en el trato entre cubanos, la desconfianza campea. Una tierra productiva condenada a la infertilidad, a la sub producción.

Mi viaje por las provincias de Cuba fue un testimoniar la belleza de sus esmeraldinas laderas, de sus extensas, verdosas y celestes costas. Pero noté la ausencia de tráfico en sus carreteras, presencié el lento paso de carretas de borricos y caballos.

Visitar la isla de Cuba ha sido un redescubrimiento en todo sentido. Creía firmemente que ya no existían lugares con gobiernos tan corruptos, que controlen a la población y la inmovilicen. Sabía qué era un gobierno autoritario pero no lo había “vivido”.

Notar como las casas caen por pedazos, como el agua sucia no tiene cauce definido, como la gente colma las calles pues nada tiene que hacer y si lo tiene, es preferible dejar pasar el tiempo. Esa displicente sonrisa para con la existencia, ese ensimismamiento sobrecogedor que puede otearse en las faces más hermosas de juveniles jovencitas es aterrador. Es paralizante.

Ni bien llegué percibí en el ambiente cierto dolor punzante, cierta sensación de cementerio abandonado, no era el calor de la media tarde, no era la falta de aire acondicionado. Era ver en medio de frondosas calles gente transitando casi sin ganas. No se notaban pasajeros sonrientes en los buses. Todo “olía” a muerte.

Entre su gente variopinta, muchos desalmados, desangelados, transitan por las horas del día a día esperando tan solo retornar a algún lugar sin demasiadas ilusiones, quizá ninguna. La hermosura de sus rostros, el aplomo de sus cuerpos por instantes refulgen, hacen evidente su capacidad para andar y subir cuestas, mas esos instantes son fugaces. Solo la expectativa de alguna recompensa, de algún obsequioso visitante les torna sonrientes, casi alegres, casi sinceros en sus afectos. Mas luego del jolgorio, con disimulo y mucha gracia, que denota un arte delicado y pulido con esmero, hacen patente la urgencia vital que les agobia. ¿Quien luego de sonreír, de clamar en confianza a su lado, ha de ser capaz de negarles algo? Bien lo saben y mejor lo aprovechan.

Esa es la condición de muchos, mas no de la mayoría. La juventud anhelante de mejoras y reformas se atolondra y retrocede cuando simplemente se les consulta por una ruta a recorrer. Miran a los lados, casi sin disimular su zozobra. O caen en un hermético silencio, o maquinalmente se comportan. Conductas extrañas diríamos, pero, comprensibles a la luz del control y supervisión al que están expuestos.

Conocer a los cubanos fue una catarata de emociones, un barril de reflexiones. Los que creen en un mejor mañana, esforzados, pacientes, indoblegables. Resisten cantos de sirena, luchan por aprender y conocer lo que se les niega y veda. Intentan mirar más allá de los muros invisibles del Protector Estado. No se avergüenzan de su desconocimiento, antes bien lo señalan como bandera de combate, como la carencia lacerante a la que han sido arrojados por sus carceleros. Conocerlos, fue no solo grato, fue revitalizante. Saber que allí sí existen seres humanos olvidados, olvidados por quienes dicen defender los derechos de todos. Poco recordados por quienes nos proclamamos adalides de la igualdad ante la ley, de la defensa de los derechos personales. Estamos en falta con ellos, con nosotros mismos. Sus manos generosas nos acogieron con afecto. Pensaba que iría a confortarlos y recibí antes, ánimo y calidez.

Cuba hechiza al visitante, seduce al transeúnte, subyuga al viajero. Sus calles abandonadas desconocen la labor romana por excelencia, la responsabilidad edil. Pero rebosan de edificaciones que hablan de un glorioso pasado, de una época ya lejana y casi olvidada en que el dinero ha de haber fluido como lluvia tropical. Allí los genios de los negocios hicieron fructificar no solo campos, también solares. Fachadas en todos los estilos arquitectónicos posibles, materiales de construcción reunidos de los lugares más distantes. Todo para glorificar el esfuerzo de quienes crearon una nación prospera, castigada luego por langostas, cual bíblica plaga.

Dolores en aquellos años dorados no faltaron, pero hubieron oportunidades. Conocieron esos tiempos, de niños abandonados al trabajo duro y arduo, el encumbramiento de hijos del barro y la paja hasta habitaciones con columnas de mármol y alfombras de exótica procedencia. Esa tierra hoy, no brinda ni la mitad de esas ilusiones. Solo muestra en sus muros pintados la imagen omnipresente de los Comités de Defensa de la Revolución. En cada barrio no faltan los emisarios de la corrección política, los fiscalizadores de las desviaciones, los inquisidores de la conciencia ajena. Una cárcel mental, una prisión para el alma. En tierra tan inhóspita, sin embargo, no se ha apagado aun la flama de la curiosidad por un mundo mejor. Por un mundo de hombres y no de borregos.

Nuestra obligación moral es con aquellos que anhelan mejorar su presente para asegurar algún futuro a su sociedad, a su comunidad, a su familia, a ellos mismos.

Un abrazo a los valientes defensores del pluralismo, de la tolerancia y la libertad que desde Cuba viven cada día abriendo camino para un mañana mejor. Y mi sincero agradecimiento a quienes hacen posible que esas voces se oigan, esas vivencias se conozcan allende las cubanas costas.

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