La doble moral de la cancillería costarricense

El conflicto de establecer relaciones comerciales con la isla va más allá de las discrepancias ideológicas que puedan existir y del tan mencionado respeto a la soberanía entre gobiernos, pues otra cosa sería respetar la autodeterminación de los pueblos, que se le ha olvidado al Canciller no existe en las dictaduras.

Recientemente, el Canciller costarricense, Enrique Castillo, fue noticia al ser el primero en su cargo en visitar Cuba desde el inicio de la Revolución Cubana.

Desde la caída del poder militar de la izquierda tras la desaparición de la Unión Soviética, parece que muchos gobiernos latinoamericanos cayeron en una trampa de mostrarse sensibles ante la única dictadura vigente en la región.

La justificación, al menos la del Canciller Castillo, pasa por un tema de aprovechar las potenciales ventajas comerciales, tema sobre el cual no ha expresado nada desde 1959 ninguna autoridad económica del país y ahora aparece como el disfraz para seguir desdibujando la política exterior costarricense como lo ha sido durante todo el gobierno (2010-2014) de Laura Chinchilla.

El Canciller dejó mal parada a Costa Rica, país caracterizado por su cultura pacífica y defensa de los derechos humanos y resulta ofensivo contra las miles de personas que luchan día a día por la democracia en Cuba.

El conflicto de establecer relaciones comerciales con la isla va más allá de las discrepancias ideológicas que puedan existir y del tan mencionado respeto a la soberanía entre gobiernos, pues otra cosa sería respetar la autodeterminación de los pueblos, que se le ha olvidado al Canciller no existe en las dictaduras.

Se ha puesto en riesgo no solo las buenas relaciones de Costa Rica con sus amigos políticos y socios comerciales, sino también deja una interrogante sobre el futuro de las relaciones con la Alianza Bolivariana para los Pueblos (ALBA), dejando ver que hay un gran interés para trabajar con la propuesta, ignorando que el ALBA critica, cuestiona y emprende una reforma contra el modelo de Estado de apertura al que le apostó el país desde los años noventa y la emprende contra muchos de los organismos internacionales a los cuales Costa Rica pertenece, tiene compromisos y con los cuales comparte valores.

El pragmatismo puede provocar neutralidad y esto siempre será una injusticia para los justos. Por ocurrencias como la del actual gobierno costarricense, la responsabilidad política de los gobiernos latinoamericano con el pueblo cubano vino a menos con el paso de los años, hasta el punto que parece que la dictadura de los Castro merece perdón y entendimiento.
La transición política que necesita el pueblo cubano exige un compromiso de los terceros actores para tener una participación activa y responsable, tendiente a establecer las bases para un cambio positivo y articulado en la sociedad cubana, pospuesto desde hace varias décadas, con la complicidad política como mejor protector.

El gobierno costarricense debe revisar su política exterior y evitarse un desacierto más.

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