Cinco estrellas rojas

Beatriz Talegón, activista de la Unión Internacional de Juventudes Socialistas, ha dicho una no tan verde pero sí incómoda verdad: ¿Cómo pretendemos promover la revolución desde un hotel de cinco estrellas? Buena pregunta la que se formula Beatriz.

Beatriz Talegón, activista de la Unión Internacional de Juventudes Socialistas, ha dicho una no tan verde pero sí incómoda verdad: ¿Cómo pretendemos promover la revolución desde un hotel de cinco estrellas? Buena pregunta la que se formula Beatriz. En efecto. ¿Acaso no es un poco incoherente despotricar contra las supuestas maldades de una piñata llamada capitalismo y, cuando llega la hora de la cena, disfrutar de los manjares obtenidos del enajenante comercio internacional? Incoherente. Tan sólo un “poco”.

Pero no se trata de un problema de conciencia de clase. En absoluto. Un burgués tiene todo el derecho de pintarse de rojo y, boina puesta, exclamar los más profundos aullidos anticapitalistas. De la misma forma, un proletario puede preferir el afán de lucro y no sentirse tan  colectivo. Y es que “burgués” y “proletario” pueden llegar a ser categorías tan vagas, que pierden todo sentido. En fin. Aceptemos, pues, que la cuna no marca el pensamiento. Althusser dirá, por ello, que no se trata de un problema de ubicación en la estructura social, sino más bien de su relación con ella. El hombre puede llegar a odiar sus orígenes  y, luego, cubrir sus prejuicios con un manto ideológico.

Lo dicho por Beatriz no sería del todo controversial si el contexto no fuera éste en que millones de personas sufren las consecuencias de las travesuras progresistas de algunos gobernantes.  Así, lo que queda es la vergüenza y el escarnio sobre los apolillados socialistas que ven cómo una  de sus discípulas se rebela contra los paladines de la incoherencia. Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros. Claro. ¿No pueden reconocer las masas ignorantes que el esfuerzo colectivista es, además de manifestación filantrópica, una empresa desgastante?, se preguntarán los campeones de la redistribución. Y luego, para llevar la incoherencia a los límites de la carcajada, quizás podrán algunos advertir: ¿Acaso no es el nuestro también un trabajo?, ¿no nos lo “merecemos”? De pronto, entonces, mis fantasmas marxistas vienen imperiosos y me obligan a exclamar la palabra “necesidad”. ¿Necesitamos servicio a la habitación para liberar al proletariado? Ya no lo sé.

Beatriz quizás hubo pensado que la vida del socialista de hoy es la misma que la del revolucionario ruso de 1917. Pensó, pues, que su labor tendría más relación con el proletariado, y se sorprendió cuando notó que la conciencia de clase también se puede hacer sentir por facebook. Ahora sabrá que el triunfo del capitalismo ya es aceptado por todos y que, aunque a regañadientes, las bondades del mismo también han sido aceptadas por todos. Aunque éstas no sean “para todos”. Ése el problema del capitalismo: No distribuirlo.

Ahora sólo queda preguntarse cuáles serán las consecuencias de tan explosiva declaración. No puedo aventurarme a dar una exacta respuesta porque ya he dejado las lecciones escolásticas de materialismo dialéctico. Pero creo, con toda mi falsa conciencia de clase propia de burgués, que no pasará nada. Los meses pasarán y los cerdos seguirán caminando, bebiendo y volviéndose más humanos. Beatriz descubrió el final de la rebelión en la granja. De esta gran granja a la que, por momentos, podría atribuírsele  sin ningún problema el aditivo “animal”. ¡Calma, Beatriz, los hoteles pueden también tener estrellas rojas!

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