Conservadores versus Liberales. Totalitarismo de alcoba

¿A qué viene todo esto? Pues a que creo que es muy difícil defender lo uno sin defender lo otro. Si aceptamos la premisa de que todos somos iguales, entonces nadie puede decirle a otro qué hacer con su dinero ni tampoco con su pareja. Y es que lo contrario supondría que, realmente, no somos iguales: alguien tendría derecho a imponer las elecciones de vida de su preferencia en desmedro de las del resto.

Si sale una ley que prohíbe que nuestros hijos lleven chizitos al colegio, se escuchan montones de furibundas voces largando a los congresistas de las loncheras de los niños. Si Humala hace un amague de querer gran-transformarnos y empezar a meter su mano en los negocios privados, medio Perú grita: ¡fuera de nuestros bolsillos! Pero cuando el Estado decide que unas personas no tienen los mismos derechos que el resto debido a su orientación sexual, son pocos los que reclaman que, así como los funcionarios públicos no deben meterse en los bolsillos o loncheras ajenas, tampoco puedan hacerlo en camas que no sean las suyas.

Lo que sucede es que, en el Perú, la mayoría de personas que defienden las libertades económicas suelen ser conservadores y no parten (a diferencia de quienes nos consideramos liberales) de la premisa de que todos los seres humanos somos moralmente iguales y libres en todo sentido. Por eso, se escandalizan cuando el Estado asesina a la cajita feliz, pero no cuando promueve, como describe un reciente informe de Promsex, que se retire de tratados internacionales la protección contra la discriminación a grupos homosexuales. O se horrorizan por el regreso del Estado empresario, pero no porque –como muestra una encuesta de la PUCP– el serenazgo y la policía sean las dos instituciones de la sociedad que menos respeto muestran por los ciudadanos homosexuales. No es casual que el viernes pasado, Día Internacional contra la Homofobia, haya habido tanto silencio entre las personas que sí defienden libertades económicas.

¿A qué viene todo esto? Pues a que creo que es muy difícil defender lo uno sin defender lo otro. Si aceptamos la premisa de que todos somos iguales, entonces nadie puede decirle a otro qué hacer con su dinero ni tampoco con su pareja. Y es que lo contrario supondría que, realmente, no somos iguales: alguien tendría derecho a imponer las elecciones de vida de su preferencia en desmedro de las del resto.

Los defensores de los derechos económicos, por otra parte, suelen argumentar que el Estado no puede meterse con sus empresas porque es su dinero. Bueno, resulta que el cuerpo de un homosexual es su cuerpo y que, al igual que con su dinero, él tiene todo el derecho a usarlo como le venga en gana. Por eso, quienes reclaman que el Estado no ponga barreras burocráticas para crear negocios deberían reclamar que tampoco ponga trabas –como hoy lo hace– para que un transexual, por ejemplo, inscriba legalmente su nueva identidad y obtenga un documento que recoja lo que es fruto de su elección personal.

Con justa razón, a mucha gente le aterra o le parece indignante que Humala dé muestras de añorar una época en la que, totalitariamente, el gobierno decidía qué hacer con nuestras casas, tierras o empresas. Por ejemplo, como sucedió cuando dijo que quería un punto medio entre el modelo económico de los setenta y el de los noventa. Pero a la mayoría le parece hasta cómico cuando el presidente se burla de los jóvenes que usan arete, el pelo largo o un mechoncito, y cuando les dice despectivamente que mejor se vayan al cuartel. La mayoría no se queja de que, en lo que toca a sus decisiones personales, los homosexuales sigan viviendo casi en la época de Velasco. Parece, pues, que muchos no se dan cuenta de que el totalitarismo también es malo cuando se mete entre las sábanas.

Fuente: Publicado en El Comercio, por Enrique Pasquel, el 23.05.2013

Descargar:  El Comercio Totalitarismo de alcoba Pasquel Opinión pag 22

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