Mensaje navideño de Hilda Molina

Hoy somos más de cuatro millones los que integramos la Cuba errante. Hoy somos más de cuatro millones los cubanos que lejos de la tierra que nos vio nacer, intentamos sobrevivir en las más disímiles regiones del orbe, al tiempo que lloramos día a día las infinitas nostalgias de nuestra incomparable isla.

Buenos Aires.- He meditado mucho sobre la conveniencia de brindar un mensaje en ocasión de las fiestas navideñas. Porque son éstos los días más tristes y difíciles de mi vida y no es bueno trasmitir tristeza. Sin embargo, pienso que no sólo es importante sino además un deber ineludible el trasmitir mensajes cuando como en mi caso, éstos nacen de experiencias existenciales traumáticas y aleccionadoras y por ende se convierten también en llamadas de alerta. Es por esta razón que he decidido dejarles unas breves palabras en mi nombre y en nombre de mi querida madre e inseparable compañera, quien hace muy pocos días se marchó al Cielo:

En el año 1958, antes de que Fidel Castro se adueñara de Cuba, mi país era uno de los más prósperos de Iberoamérica.

Hoy es un país en bancarrota. En bancarrota generalizada. En bancarrota que se extiende a todos y cada uno de los ámbitos nacionales.

En el año 1958 Cuba recibía con los brazos abiertos a personas que emigraban desde todos los continentes y acudían a nuestra bella isla en busca de una vida mejor.

Hoy somos más de cuatro millones los que integramos la Cuba errante. Hoy somos más de cuatro millones los cubanos que lejos de la tierra que nos vio nacer, intentamos sobrevivir en las más disímiles regiones del orbe, al tiempo que lloramos día a día las infinitas nostalgias de nuestra incomparable isla.

En el año 1958 el inteligente y creativo pueblo cubano dedicaba sus talentos a crear, a producir, a forjar una Cuba cada vez mejor, la Cuba que anhelaba legar a sus descendientes.

Hoy el pensamiento de los cubanos se concentra en la búsqueda de opciones que les permitan sobrevivir y escapar de la pesadilla que sufre el país desde hace más de medio siglo.

En el año 1958 las manos laboriosas de los cubanos, obreros, campesinos, profesionales, artistas…, trabajaban afanosamente para producir prosperidad y felicidad.

Hoy, los cubanos convertidos en limosneros por la dictadura castrista, permanecemos con las manos extendidas en gesto de súplica, esperando la ayuda que nos enviará algún familiar residente allende los mares. Y esperando recibir las dádivas de extranjeros y turistas inescrupulosos que se divierten humillando la humillante pobreza del pueblo cubano, cuando reparten caramelos en las calles a los pobres niños de mi país, cuando prostituyen a nuestros niños, adolescentes y jóvenes, o cuando regalan jaboncitos de hoteles a las humildes trabajadoras cubanas.

En el año 1958 los cubanos se preparaban para morir cristianamente. Y creaban condiciones para que sus restos reposaran junto a los de sus ancestros, en nuestra isla de ensueños, la de la tierra generosamente fértil, la de las arenas más blancas, la del cielo más azul, la del mar más cristalino.

Desde hace cincuenta y cinco años, miles de cubanos han muerto como mi madre, en países lejanos que los acogieron como hijos, pero lejos de la tierra que los vio nacer y con la añoranza infinita de la Patria que les robaron.

En el año 1958 los cubanos éramos respetados en el mundo entero.

Hoy, los medios de prensa internacionales, salvo excepciones, y los ciudadanos libres del mundo civilizado, nos congratulan cuando la cincuentenaria dictadura castrista nos concede las migajas de algún derecho, como por ejemplo, la falsa libertad migratoria. Olvidan que los cubanos somos hijos legítimos de la familia humana y como tales tenemos derecho no a migajas ni a limosnas, sino a todos los derechos y libertades inherentes a la condición humana.

En el año 1958 el pueblo cubano era un pueblo de Fe, inteligente, generoso, emprendedor, laborioso, devoto de la familia y feliz.

Hoy, cincuenta y cinco años después de implantarse en nuestro país la dictadura más longeva y una de las más crueles de la historia contemporánea, el pueblo cubano sufre un quebranto de su esencia como persona humana, el pueblo cubano sufre de un daño antropológico que a su vez implica un daño del tejido social de dimensiones difíciles de definir y que se caracteriza por: despersonalización, pérdida de la autoestima, dicotomía existencial, terror, desesperanza, desinterés, agotamiento; precariedad ética, moral y espiritual; y ausencia de ideales y de un sólido proyecto de vida.

Son innumerables las comparaciones que podemos establecer entre la Cuba que recibió Fidel Castro y la Cuba actual, devastada física, moral y espiritualmente. Pero considero que éstas que les he expuesto les permitirán acercarse a la dimensión de la tragedia que vive el pueblo cubano.

Después de esta breve y necesaria introducción; y ya próxima la fiesta en la que celebraremos el nacimiento de Dios, del Dios que nos ha creado a cada uno de nosotros como seres únicos, irrepetibles y libres, aquí les dejo mi mensaje que es también una exhortación:

Estoy convencida, me consta que Fidel Castro ha podido adueñarse de mi país de forma vitalicia y convertirlo en la ruina que es hoy, porque logró destruir los tres pilares históricos de la nación cubana, los que en mi humilde opinión son también los tres pilares fundamentales de cualquier sociedad civilizada: la institución familiar, la libertad y la doctrina del amor, la fraternidad, la tolerancia. Y basada precisamente en esta convicción y en mis aleccionadoras experiencias, exhorto a todos los que deseen escucharme:

Defendamos la institución familiar, la libertad y la doctrina del amor.

Defendamos la institución familiar y rescatemos con urgencia su condición de célula básica e insustituible de la sociedad.

Defendemos la libertad, porque la libertad y los derechos humanos son condiciones inherentes a la propia naturaleza humana y por tanto ni se conceden ni se usurpan, se reconocen y se respetan. Defendamos la libertad porque somos verdaderamente libres cuando defendemos nuestra libertad y al unísono respetamos la libertad ajena.

Defendamos la doctrina del amor, convencidos de que el amor, esencia misma de la condición humana y único sentimiento capaz por sí solo de salvar al mundo, es el mejor antídoto contra la institucionalización del odio, contra las dictaduras, el totalitarismo, las guerras y la violencia.

Los exhorto a defender la institución familiar, la libertad y la doctrina del amor porque estoy absolutamente convencida de que sólo las naciones que protegen a las familias, respetan las libertades y se preservan del odio, pueden conservar sanos sus corazones y garantizar una vida digna y feliz a sus ciudadanos.

Feliz Navidad

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